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Hola, soyMariajo Rodríguez

Ultramar

Cada vez que miro el mar, mis ojos se tiñen de azul, y ese color permanece en mi mirada durante días. Cuando nado, el tiempo se detiene bajo el agua. Me dejo mecer por la corriente, escucho sonidos sordos, observo el paso de la luz, los colores de las algas, los peces, las medusas, los moluscos… sin prisa, todo encaja.

Un comienzo casual: una broma entre amigos, una compañera de viaje, curiosidad y amor a primera vista: Así llegó la náutica a mi vida, y no tardé en darme cuenta de que venía para quedarse. Un día, arrastrada por nuevos estímulos, asistí a una presentación. Allí escuché por primera vez una jerga técnica que me resultaba completamente nueva. Descubrí que podía aprender a entender señales que antes ignoraba: escuchar vientos, mirar estrellas, guiarme por el mundo líquido con cartas, regla y compás. Sin haber embarcado más de tres horas en artefacto flotante, tomé la decisión: estudiaría para obtener el título de patrona de embarcación de recreo.

Entonces llegó la gran prueba de agua. El mar me hizo grande y pequeña a la vez, poniéndome a prueba con cada término y cada táctica. Pero me fascinaba en cada ola. Descubrí el azul marino y todos los azules que ofrece según su calado y el cielo. Me enamoré de su aroma, del viento en mi rostro, de sus colores mientras me mecía. Aprendí a cambiar de ritmo, a olvidar lo superfluo y a vivir plenamente cada minuto. Me hundí en sus aguas cristalinas, nadé –y volé– entre posidonias y peces. Dormí agotada con el vaivén que, incluso en tierra, seguía dentro de mí.

En el camino, encontré compañeros de viaje con los que viví aventuras inolvidables. Me descubrí cuestionando clichés, volviendo a lo más esencial, asilvestrándome con los días y deseando que nunca acabaran. Me encantaba pasear descalza por penínsulas desiertas, escuchando el silencio mientras mis pies dibujaban formas en la arena, oliendo a sabinas, a pinos, a sal y a mar. Navegar bajo la luna llena, con su luz centelleando en un mar quieto, era mágico. Llegar y no llegar nunca a casa, cargada de endorfinas, con mi cuerpo todavía en vaivén, era un regalo que no quería soltar.

Por todo esto decidí seguir formándome. Después de meses de estudiar técnica, aprender términos y trabajar con cartas náuticas, conseguí mi nuevo reto.

Ahora quiero más: más atardeceres y amaneceres, más días que comiencen bajo el mar. Quiero gobernar, trimar velas, bailar en el camarote y sentirme viva, presente y feliz.

Nuevos rumbos me esperan ahora como patrona de yate.